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Alfonso X "el Sabio"
Rey de Castilla y León (1221<1252-1284>1284)

Genealogía


Su reinado

Alfonso X nació en Toledo en noviembre de 1221 y era hijo de Fernando III, rey de Castilla y León, y de Beatriz, hija de Felipe de Staufen, duque de Suabia y “rey de romanos” (emperador electo del Sacro Imperio a falta de ser coronado por Roma). Durante su infancia, para no tener que seguir a la itinerante corte, tuvo como ayo, para su cuidado y educación, a García Fernández de Villamayor, señor de Villaldemiro y Celada, que había sido mayordomo de su abuela la reina Berenguela, casado con Mayor Arias, del linaje gallego de los Limia. Al mismo tiempo que se instruía y aprendía a dominar el castellano y el gallego, Alfonso comenzó a interesarse por la astrología y la literatura, especialmente por la poesía.

La Estoria de España (obra escrita por iniciativa de Alfonso X a partir de 1270) sitúa a Alfonso participando, en 1231, al lado de Álvar Pérez de Castro, en la batalla de Jerez, donde el emir Ibn Hud fue derrotado. Pero es muy probable, según varios historiadores, que los compiladores medievales del rey lo confundieran con el infante don Alfonso de Molina, hermano de Fernando III.

En 1234, el rey de Navarra Teobaldo I convino con Fernando III un compromiso matrimonial para casar al infante Alfonso de Castilla con su hija Blanca. Compromiso que el rey navarro rompió al año siguiente cuando casó a su hija con el heredero del duque de Bretaña.

En 1238, tampoco se realizó otro acuerdo para casar a Alfonso con Felipa de Ponthieu, hermana de la segunda esposa de Fernando III.

En 1240, Alfonso accedió públicamente a la condición de heredero de las coronas de Castilla y León. Con tal motivo, su padre le otorgó casa, servidores y un infantado en el sur del reino de León, al que añadió la plaza de Écija cuando fue conquistada.

También en ese año, además de ejercer poderes judiciales en todo el reino de León en nombre de su padre, realizó una campaña contra el reino de Murcia. Durante ella, los cristianos se apoderaron de Albacete mediante la entrega de una suma de dinero a su alcaide.

En 1243, los ataques cristianos por una parte y los de sus vecinos musulmanes del reino nazarí de Granada por otra, hicieron que Muhammad ben Hud Baha al-Dawla, régulo del reino taifa de Murcia, firmara en Alcaraz un tratado de vasallaje con Castilla-León que firmó el infante Alfonso en nombre de su padre. Con ello, la taifa de Murcia se convirtió en un “protectorado” castellano-leonés gobernado por Baha al-Dawla. La ocupación castellana del reino taifa de Murcia se realizó sin dificultades; sólo los caudillos de Lorca, Mula y Cartagena no aceptaron el tratado.

En 1244, los avances de las tropas aragonesas en tierras musulmanas comenzaron a entremezclarse con los de los castellanos sin respetar, en muchos casos, los límites de conquista acordados entre ambos reinos en los tratados de Tudillén de 1115 y de Cazola de 1179. Para resolver el problema, durante el sitio de Játiva, Jaime I de Aragón y el infante Alfonso se reunieron en el castillo de Almizra (actual Campo de Mirra en la provincia de Alicante) para delimitar nuevamente las zonas de conquista de ambos reinos. En el nuevo tratado se estableció la línea Font de la Figuera-Almizra-Biar-Sax-Petrer-Busot-Villajoyosa que separarían las conquistas de Aragón al norte de la línea y las de Castilla al sur. Además, se acordó el futuro matrimonio entre Alfonso y Violante de Aragón, hija de Jaime I.

Entre junio y julio de aquel año, Alfonso conquistó Mula y Lorca. Al año siguiente le tocó el turno a Cartagena, que fue conquistada por tierra y por mar. A continuación, el heredero, junto con sus hermanos Fadrique y Enrique, fue convocado por su padre para participar en el asedio a Jaén.

En 1246, después de capitular Jaén, Alfonso regresó a Castilla para hacerse cargo del reino por ausencia de su padre, que estaba ocupado en proyectar la conquista de Sevilla.

En ese año, el conflicto que mantenía Sancho II de Portugal con la Iglesia, la anarquía que se extendía por todo su reino y la rebeldía de los nobles, hizo que el papa Inocencio IV decretase la incapacidad de Sancho II para reinar y nombrase, por no tener el rey descendencia, gobernador y defensor del reino a su hermano Alfonso, conde de Boulogne. Con la llegada del conde a Lisboa se inició la guerra civil. Sancho II, escaso de efectivos militares, pidió ayuda al infante Alfonso. Éste, en contra del parecer de Fernando III, ya había movilizado las tropas de las villas de su infantado y de otras de la Extremadura castellana para acudir en ayuda del rey portugués. Pero antes, en Valladolid, celebró los esponsales (compromiso de matrimonio) con Violante de Aragón.

A principios de 1247, Alfonso, acompañado de Diego López de Haro, penetró en Portugal y llegó hasta Coimbra, una de las pocas ciudades que permanecía fiel a Sancho II. Pero ya era demasiado tarde para que las tropas castellanas, apoyadas por trescientos caballeros enviados por Jaime I, pudieran cambiar la situación a favor del rey portugués; sólo pudieron servirle de escolta hasta Toledo, donde se refugió hasta que le llegó la muerte al año siguiente.

A principios de 1248, Alfonso, por petición de Fernando III, llegó a las afueras de Sevilla para participar en el cerco de la ciudad. Le acompañaba un numeroso contingente de tropas en el que se incluían efectivos portugueses que habían acompañado a Sancho II en su destierro y los caballeros aragoneses que habían ido a Portugal. En noviembre, rendida Sevilla, Alfonso acompañó a su padre en la solemne entrada a la ciudad, una vez expulsados sus habitantes musulmanes. Pocos días más tarde, su hermano Enrique abandonó enojado una reunión en la que se trató del reparto entre los nobles y la familia real de las tierras conquistadas. Lo hizo porque consideró que las donaciones tenían que realizarse sin contraprestaciones, y no en feudo y sometidas a vasallaje a Alfonso, como dictó Fernando III convencido por su heredero.

A finales de enero de 1249, Alfonso se casó en Valladolid con Violante de Aragón, que ya había cumplido los doce años de edad.

En 1250, Alfonso III, nuevo rey de Portugal y Alfonso, persuadido seguramente por su padre, firmaron una tregua por cuarenta años para acabar con sus enfrentamientos armados por los derechos del antiguo reino del Algarve (sur del actual Portugal), que el rey portugués había invadido. Según algunos historiadores, los derechos del infante Alfonso procedían de la cesión que le había hecho su poseedor Muhammad ben Mahfuz, régulo de la taifa de Niebla; según otros, los derechos provenían del tratado de Sahagún de 1158 firmado por Sancho III de Castilla y Fernando II de León.

En aquel año, Alfonso X mandó traducir el Lapidario, que es un tratado sobre las propiedades mágicas de las piedras en relación con la astrología. En él figuran la descripción de trescientas sesenta piedras, tantas como grados tiene el círculo zodiacal, sus cualidades y utilizaciones farmacológicas.

El uno de junio de 1252, inmediatamente después de los funerales de su padre Fernando III, Alfonso X fue coronado rey de Castilla y León. En la misma ceremonia, el rey se armó caballero a sí mismo. Durante la coronación, su hermano Enrique evitó jurarle vasallaje, como era preceptivo, al viajar a Francia acompañando a la reina viuda, que iba a hacerse cargo del condado de Ponthieu.

Durante ese año, Alfonso X se dedicó a confirmar antiguos privilegios y a otorgar, de forma excesivamente generosa, donaciones a órdenes militares, catedrales y concejos. Además, alteró el valor de la moneda para resolver el problema financiero del reino y, sin respetar la tregua, reanudó la guerra con Portugal.

También en ese año, Alfonso X, siguiendo el deseo de su padre de conquistar el norte de África, continuó con la construcción de las atarazanas de Sevilla para la fabricación de naves. Al mismo tiempo, negoció con el papa Inocencio IV la predicación de cruzada en Castilla para recaudar fondos que le permitieran realizar la conquista. Es lo que se llamó, en aquel tiempo, el fecho de allende.

A principios de 1253, el papa Inocencio IV exhortó mediante una bula a los reyes de Castilla y Portugal a concertar la paz y a continuar la guerra contra los musulmanes. Además, estableció que el Algarve era territorio portugués. Debido al mandato, se iniciaron negociaciones de paz donde se acordó el matrimonio entre Alfonso III y Beatriz, hija ilegítima de Alfonso X habida con Mayor Guillén de Guzmán. Se acordó que si de la unión naciera un hijo, éste recibiría el Algarve. Hasta ese momento, Alfonso III retendría la posesión y Alfonso X sería el titular de la soberanía.

En ese año, Alfonso X consiguió el vasallaje del reino taifa de Niebla y la recuperación de las plazas de Morón, Lebrija y Jerez, esta última tras un breve asedio, que se habían sublevado aprovechando la muerte de Fernando III y habían dejado de pagar parias a Castilla. Mientras tanto, el infante Enrique conquistó Arcos y Lebrija. Todas estas plazas le habían sido prometidas al infante por su padre en 1249, cuando todavía no habían sido conquistadas, y se deberían añadir al considerable señorío que ya había recibido al sur de Sevilla. Los privilegios de donación dados por Fernando III habían sido entregados por el infante al maestre de Calatrava para su custodia. También, en aquella breve campaña, Alfonso X conquistó la villa de Tejada. Terminada la campaña, el rey pidió al maestre los privilegios de su hermano Enrique y los rompió en público.

En mayo de aquel año se hizo público el libro de repartimiento de Sevilla, que fue el primero de los muchos que se realizaron en el reinado de Alfonso X para adjudicar a los vencedores los terrenos conquistados. De la zona del bajo Guadalquivir, solamente se conservan seis libros: los de Sevilla, Carmona, Écija, Jerez, Cádiz-Puerto de Santa María y Vejer. El de Sevilla fue confeccionado durante meses por una comisión encabezada por el obispo de Segovia. En él se relacionan en primer lugar y con gran detalle los donadíos mayores o fincas que se entregan nominalmente a grandes personajes e instituciones del reino, con el único compromiso de servir al rey con un caballero bien armado, pero del que se exime a los infantes y a la familia real. En segundo lugar se relacionan los donadíos menores, que son las propiedades que se entregan, también nominalmente, a soldados profesionales que participaron en la conquista, con la condición de que estos se estableciesen como pobladores en los lugares recibidos y sin poder venderlos. Y en tercer lugar aparecen los heredamientos, que se otorgan a los pobladores de la ciudad entre los que se encuentran hidalgos, caballeros y peones, pero sin aportar los nombres de los beneficiarios. Esto era así, porque los otorgamientos de los donadíos, en el repartimiento de Sevilla, se realizaron directamente por orden del rey.

También en ese año, los vizcondes Gastón de Bearn y Guy de Limoges, cuyos señoríos se encontraban al otro lado de los Pirineos, se enemistaron con Enrique III de Inglaterra, su señor natural, y se hicieron vasallos de Alfonso X en Sevilla. Este hecho activó el contencioso entre Castilla e Inglaterra por Gascuña que podría acabar en un enfrentamiento armado.

En 1254, la crisis castellano-inglesa se cerró cuando en Toledo se negoció un tratado de alianza por el que, entre otros asuntos, los vizcondes volverían a la obediencia de Enrique III; el príncipe heredero Eduardo se casaría con Leonor, hermanastra de Alfonso X (boda que se celebró aquel año); el príncipe Eduardo ayudaría militarmente en el conflicto con Navarra; y el rey inglés se comprometía a participar en la conquista del norte de África. A cambio, Alfonso X renunciaba a todos sus derechos sobre Gascuña y prometía devolverle todas las plazas y castillos gascones que Navarra retuviese injustamente. Con ello, Inglaterra se convirtió en un sólido aliado de Alfonso X para sus aspiraciones de anexión de Navarra.

En aquel año se redactó el Fuero Real o Fuero de las Leyes, la primera obra legislativa de Alfonso X. Era una ley municipal para ir otorgándola a diversas ciudades y villas, con la que se pretendía la unificación jurídica de Castilla y resolver la ausencia, en algunos sectores, de una norma jurídica aceptable. En él convivían la tradición y un nuevo derecho.

En 1255, el infante Enrique, Diego López de Haro, señor de Vizcaya, y otros nobles, descontentos por la política de nombramientos, de repartimientos y de concesiones de privilegios que realizaba del rey, abandonaron la corte castellana-leonesa y se pusieron bajo la tutela de Jaime I con el que firmaron en Maluenda una alianza para ir juntos contra Alfonso X. En aquel tiempo, el rey aragonés tenía serias diferencias con Castilla por diversos motivos, entre las cuales se encontraba las apetencias de ésta sobre Navarra. Con aquel apoyo, el infante Enrique y los nobles exiliados iniciaron una rebelión que se extendió por muchas zonas del reino, siendo las más peligrosas las de Vizcaya y la del bajo Guadalquivir. En el norte, la revuelta acabó cuando tuvo que rendirse López de Haro en Orduña y prestó sumisión al rey, y en el sur cuando las tropas de Alfonso X, al mando de Nuño González de Lara, derrotaron en Lebrija a las del infante Enrique. Éste tuvo que huir y refugiarse en Túnez después de haber pedido la ayuda de Aragón, de Francia y de Inglaterra sin conseguirla.

En aquel año se inició la redacción del Espéculo o Espejo de leyes. Pretendía la unificación jurídica del reino en todos sus sectores. De este cuerpo legal, se conservan cinco libros de un total de siete o nueve, y nunca estuvo vigente.

En 1256, Alfonso X, para evitar la guerra con Aragón, se entrevistó con su suegro en Soria donde renovaron su amistad y trataron, entre otras cuestiones, de la renuncia de los derechos sobre Navarra del castellano-leonés y de la vuelta de los rebeldes a Castilla.

En marzo de ese año, tras la muerte de Guillermo de Holanda, rey de romanos, una embajada de Pisa reconoció en Soria a Alfonso X como legítimo heredero de la dinastía de los Staufen, y le propuso que presentase su candidatura a la elección de rey de romanos para optar al Sacro Imperio Romano. Alfonso X, que se consideraba emperador en su reino y no reconocía a ningún monarca superior a él, aceptó con agrado y nombró un representante al que otorgó poderes para que se ocupase en recabar los apoyos necesarios. Empezaba así el fecho del Imperio. Pero tuvo la oposición de la nobleza, que consideró excesivo el gasto que iba a suponer la elección.

En aquel año, Alfonso X, otorgó el Fuero Real de forma consecutiva a Soria y sus aldeas, Peñafiel, Palencia, Arévalo, Trujillo, Cuellar, Buitrago, Hita, Alarcón, Alcaraz, Burgos y sus aldeas, y Ávila.

También en aquel año, Alfonso X mandó redactar las Partidas para reunir todo el saber jurídico de su época. Se dividió en siete libros: el primero trata de todo lo que pertenece a la fe católica, el segundo se refiere a la tarea de reyes y emperadores, es decir, al derecho político, el tercero versa sobre la justicia y su administración, es decir, del derecho procesal, el cuarto atañe al derecho matrimonial y familiar, el quinto concierne a los contratos de compra, venta y cambios, el sexto se refiere a las donaciones, testamentos y herencias, es decir al derecho civil, y el séptimo trata de los “escarmientos”, es decir, del derecho penal. Las reformas que contiene este cuerpo legislativo no fueron bien aceptadas por los nobles, que vieron en ellas una seria amenaza a sus privilegios. Además, Alfonso X mandó traducir las siguientes obras: El libro de los juicios de las estrellas, que es un tratado de astrología; El libro de la Ochava Esphera, que es un resumen de las teorías de Ptolomeo; y los libros de la Açafea y de la Alcora, que se ocupan de los instrumentos para efectuar mediciones y cálculos astronómicos.

En 1257, los electores del Imperio se dividieron entre dos aspirantes: Alfonso X y Ricardo de Cornualles (o Cornwall), hermano de Enrique III de Inglaterra. Para conseguir los votos necesarios, ambos candidatos recurrieron al soborno provocando con ello una doble elección que tendría que dirimir el papa. Sucedió que, de los siete príncipes electores alemanes que tenían que decidir, cuatro se reunieron en Frankfurt, como era preceptivo, y acordaron una fecha para elegir a Alfonso X. Los otros tres, que apoyaban a Ricardo, no pudieron entrar en la ciudad por tener las puertas cerradas. A pesar de ello, y pensando que tenían el voto de uno de los que estaban dentro, procedieron a elegir a Ricardo, saltándose todas las formalidades. Ante aquella situación, los cuatro partidarios de Alfonso X lo eligieron rey de romanos y negaron la validez de la elección de Ricardo. A pesar de ello, Ricardo de Cornualles actuó rápidamente y se hizo coronar en Aquisgrán. Alfonso X también podría haberse desplazado a aquella ciudad para ser coronado, pero no lo hizo. A pesar de ello, Alfonso X fue reconocido oficialmente rey de romanos y muchos nobles y magnates europeos lo aceptaron.

En ese año, las plazas del valle del Guadalete ya estaban en poder de Alfonso X, por conquista o por negociación, aunque con sus habitantes musulmanes en ellas. Con lo cual el camino al Magreb, en el norte de África, estaba expedito. Las naves y tropas que participarían en la conquista se fueron concentrando en la bahía de Cádiz.

También en ese año, Alfonso X inició un cancionero de unas cuatrocientas veinte composiciones en galaico-portugués llamado las Cantigas de Santa María en honor de la Madre de Dios. Existen dudas sobre la autoría directa del rey en el conjunto de la obra, pero parece cierta su autoría en diez de ellas. La obra tardó unos veinticinco años en ser culminada.

En 1259, Alfonso X consiguió de las cortes convocadas en Toledo el apoyo y los subsidios necesarios para su empresa imperial. A continuación, envió a Roma, como embajador ante el papa Alejandro IV, a su hermano Manuel que sólo consiguió que aquél volviese a la neutralidad cuando ya había decidido su apoyo a Ricardo de Cornualles.

En 1260, un sobrino del emir de los benimerines o meriníes (nuevo poder bereber que había surgido en el Magreb en oposición a los almohades) se había sublevado contra su tío en Salé, ciudad portuaria junto a Rabat, y pidió ayuda a Alfonso X para resistir al emir o a los almohades. El castellano-leonés, viendo la ocasión de apoderarse del norte de África, hizo salir de Alcanate (actual Puerto de Santa María), en la bahía de Cádiz, las naves con las tropas al mando de Juan García de Villamayor y Pedro Martínez de Fe. En lugar de apoyar al rebelde, Salé fue saqueada por los cristianos que intentaron establecer una cabeza de playa donde fijar sus fuerzas, pero la llegada de tropas de los benimerines obligaron a los asaltantes a retirarse y volver a la bahía de Cádiz con un gran botín. Aquella acción, casi de piratería, provocó el enojo de Alfonso X y la caída en desgracia de su almirante Juan García de Villamayor, ya que el objetivo principal de la cruzada era Ceuta y el ataque a Salé debería haber sido un maniobra de distracción.

En aquel mismo año, el infante Fadrique abandonó la corte, donde llevaba una vida anodina a la sombra del rey, para reunirse en Túnez con su hermano Enrique que estaba al servicio de su emir.

En 1261, Alfonso X, incumpliendo las capitulaciones que él y su padre habían acordado tiempo atrás con el régulo de la taifa de Jerez Abú Amr Ibn Abi Jalid, se dispuso a tomar la ciudad. Sus habitantes, ante la certeza de que sus tierras serían arrasadas por las tropas cristianas, entregaron la ciudad al rey castellano-leonés y consiguieron que se les permitiera continuar con sus heredades. Además, convencieron al régulo para que negociara la entrega del alcázar a cambió de permitirle salir al exilio con todos los suyos. Alfonso X aceptó, tomó posesión de la taifa de Jerez y puso a Nuño González de Lara al mando del alcázar.

En 1262, tropas de Alfonso X entraron en la ciudad de Cádiz que se encontraba en un estado ruinoso y casi despoblada. A continuación, después de haber sido expulsados sus escasos habitantes musulmanes, los cristianos procedentes del norte la repoblaron y comenzaron a reconstruirla.

También en ese año, Alfonso X, tras un asedio de nueve meses y con la ayuda de tropas nazaríes del valí de Málaga, conquistó el reino taifa de Niebla. Este reino abarcaba desde la comarca del Aljarafe (Sevilla) hasta el río Guadiana, e incluía las importantes ciudades de Moguer, Huelva y Gibraleón. Los habitantes de la taifa fueron obligados a abandonarla y su régulo Ibn Mahfuz, que era vasallo de Alfonso X desde al menos 1253, se instaló en Sevilla. Después comenzó el repartimiento de tierras entre nobles, caballeros, hidalgos y peones.

En 1263, Alfonso X, que estaba incumpliendo todos los pactos con los mudéjares (musulmanes que vivían en territorio cristiano), ordenó la expulsión de éstos de la ciudad de Écija. Esta acción, la conquista de Niebla, el sometimiento de Jerez y el fortalecimiento como base naval de la bahía de Cádiz, que impedía la salida al mar de las poblaciones mudéjares de la zona, puso en guardia al vasallo de Castilla Muhammad I, emir del reino nazarí de Granada, que sospechó que el siguiente movimiento de Alfonso X sería la conquista de su reino. Para anticiparse, comenzó a fomentar la rebelión de la población mudéjar que ya estaba muy descontenta por el endurecimiento de las medidas impuestas por Alfonso X sobre aquellas comunidades. Además, escribió al emir de los benimerines de Fez Abú Yusuf pidiéndole ayuda.

En 1264, tropas meriníes cruzaron el Estrecho, desembarcaron en Tarifa y fueron acuarteladas en Málaga. Alfonso X se enteró de los movimientos de Muhammad I y lo citó en Sevilla con la excusa de revisar los acuerdos mutuos. En realidad preparó una emboscaba para acabar con el granadino. Éste acudió, pero logró sortear el peligro y volver con todo su séquito a Granada. Lo sucedido supuso la enemistad definitiva de los dos reyes.

En la primavera de aquel año, los mudéjares, incitados por Muhammad I, se rebelaron contra el poder cristiano y consiguieron apoderarse en tres semanas de unas trescientas villas y castillos de al-Andalus. Jerez y Murcia fueron el núcleo de la rebelión porque en ellas Muhammad I concentró gran número de efectivos militares. El éxito de la rebelión en Jerez, cuyo alcázar fue conquistado por tropas meriníes ante la despreocupación del responsable de su defensa, Nuño González de Lara, arrastró a casi todas las poblaciones de su zona de influencia, incluyendo Arcos, Medina Sidonia, Alcalá, Vejer, Puerto de Santa María, Lebrija, Sanlúcar, Rota y Lebrija. El reino taifa de Murcia, vasallo de Castilla, también se levantó en aquellas fechas porque el pacto de Alcaraz de 1243 no se estaba cumpliendo, siendo Abú Bakr, que ya había reinado unos pocos meses en 1238, el que se puso al frente de la rebelión con la ayuda del alcaide de la fortaleza de Málaga, enviado por Muhammad I. Sólo en Sevilla, la rebelión fracasó. En ella, parece ser que se descubrió un plan para apresar y asesinar a Alfonso X y a su familia que fue abortado. La situación en al-Andalus era gravísima, y Alfonso X, para recuperar las plazas perdidas, tuvo que pedir la ayuda y colaboración de nobles, obispos, concejos, órdenes militares, al papa Clemente IV y también a su suegro Jaime I de Aragón.

La reacción de Alfonso X no se hizo esperar. A finales de año ya había conseguido recuperar Medina Sidonia, Jerez, Arcos y todas las poblaciones de la bahía de Cádiz. También recuperó algunas de las principales fortalezas de la frontera con el reino de Granada, como fue el caso de Osuna.

También en aquel año, Alfonso X donó formalmente la soberanía sobre el Algarve a su nieto Dionisio, hijo de Alfonso III de Portugal y de su hija Beatriz. Al mismo tiempo, los árbitros de Castilla y Portugal comenzaron el largo proceso de fijar los mojones que marcarían la frontera entre los dos reinos.

En 1265, el papa otorgó a Alfonso X varias bulas de cruzada. Además, le dio apoyo financiero al ordenar a los clérigos que la centésima, que estaban obligados a dar como contribución para la cruzada de Tierra Santa, fuese aplicada a la cruzada de al-Andalus.

En el verano de aquel año, las tropas de Alfonso X, después de haber recuperado muchas plazas, se instalaron entre Alcalá de Benzaide (Alcalá la Real) y Granada para ir contra la capital del reino nazarí. Allí, el rey ordenó la quema de toda la cosecha de la Vega. Ante la potencia del ataque cristiano, Muhammad I pidió una tregua que Alfonso X aceptó porque necesitaba acudir a Murcia para sofocar la rebelión.

En otoño, Jaime I, con la oposición de los nobles de la corona de Aragón, acudió con sus tropas en ayuda de Alfonso X. Los aragoneses, al mando del infante Pedro, realizaron dos cortas expediciones en tierras de Murcia y, a continuación, el rey aragonés realizó otra de mayor envergadura que consiguió la toma de Villena, Elda, Petrel, Elche, Orihuela y Lorca, entre otras plazas.

A principios de 1266, Jaime I sitió la ciudad de Murcia y logró que se rindiera en menos de un mes. Después, como había prometido anteriormente, entregó el reino reconquistado a Alfonso X y volvió a Aragón. En junio, los murcianos renovaron el vasallaje a Castilla.

Mientras tanto, los gobernadores de Málaga y Guadix, miembros del linaje de los Banu Asqilula emparentados con Muhammad I y muy influyentes en el reino nazarí, se rebelaron contra él porque vieron amenazado su poder al ser los benimerines los que estaban siendo favorecidos por el emir al recibir el monopolio del ejército. Esta disensión en la cúpula del reino nazarí beneficiaba a Alfonso X, que no dudó en prestar apoyo militar a los rebeldes para resistir el asedio que Muhammad I realizó sin éxito a Málaga a finales de aquel año.

En 1267, tras su fracaso en Málaga, el emir, temiendo un ataque a Granada de castellanos y rebeldes, encargó a su hijo, futuro Muhammad II, que negociara la paz con Alfonso X. En la paz que se firmó en Alcalá de Benzaide, el rey castellano se comprometía a retirar el apoyo a los banu Asqilula a cambio de que el Muhammad I renunciara a sus pretensiones sobre Jerez y Murcia, cediera cuarenta castillos y plazas amuralladas (ciento cincuenta según otras fuentes), y pagara un tributo anual de doscientos cincuenta mil maravedíes. El tratado de paz supuso el fin de la rebelión de los mudéjares.

También en aquel año, Alfonso X y Alfonso III firmaron el tratado de Badajoz por el que quedó definitivamente delimitada la frontera entre Castilla y Portugal, después de haberse terminado el amojonamiento.

En 1269, los excesivos gastos de la fastuosa boda celebrada en Burgos del heredero Fernando (apodado “el de la Cerda” por tener un lunar con pelos gruesos) con Blanca, hija de Luis IX de Francia, provocaron que un sector de la nobleza, que ya venía mostrándose contrario a la política económica y legislativa de Alfonso X, manifestara su desagrado y protesta. Como consecuencia de la situación, muchas poderosas familias del reino, que estaban enfrentadas desde antiguo, por diversas causas, como fue el caso de los Lara y de los Haro, apartaron momentáneamente sus rencillas y fueron formando un frente común de oposición al rey.

En 1270, Alfonso X y sus colaboradores de la Escuela de Traductores de Toledo iniciaron dos libros de carácter histórico: la Estoria de España, que abarca cronológicamente desde los orígenes bíblicos y legendarios de España hasta Fernando III; y la General Estoria, una inacabada historia universal en castellano dividida en seis partes, que abarca desde la Creación en la primera, hasta Cristo en la quinta parte. De la sexta, sólo se conserva un borrador de veinte folios.

A principios de 1271, Alfonso X llegó a Murcia para organizar la repoblación de aquel reino y modificar el reparto que había realizado Jaime I entre sus caballeros después de la conquista. Aprovechando la ausencia del rey, los nobles se reunieron en Lerma para cuantificar sus quejas y determinar una estrategia de acción común contra Alfonso X. Entre los reunidos se encontraban, entre otros: Nuño González de Lara, Lope Díaz de Haro, Fernán Ruiz de Castro y Lope de Mendoza, también participó el infante Felipe, hermano del rey, y representantes de las ciudades y villas del reino. Entre los motivos de queja estaban, entre otros: las reformas legislativas emprendidas por el rey que reducían su poder; el descontento por el poblamiento de las zonas conquistadas en detrimento de sus posesiones que se despoblaban; la pretensión regia de generalizar el Fuero Real a todas las ciudades en contra de sus intereses; las constantes peticiones de caudales extras que Alfonso X pedía en las reuniones de las cortes; el excesivo gasto en el asunto del Imperio; o los impuestos que no deberían pagar por el tráfico mercantil. Todo aquel movimiento ponía de manifiesto el temor de la nobleza en convertirse en una pieza más del engranaje de un nuevo concepto de poder centrado en la figura del rey.

En el verano de aquel año, Alfonso X firmó una alianza con varias ciudades gibelinas de Italia. Entre ellas estaban Pavía, Milán (que lo había reconocido formalmente como emperador), Parma, Piacenza y Novara. Además, se comprometió a enviar dos mil hombres armados a estas ciudades que apoyaban su causa.

A finales de aquel año, el infante Fadrique, que había seguido las huellas de su hermano Enrique en Túnez y en los conflictos armados entre güelfos y gibelinos en Italia, regresó a Castilla donde fue acogido con poco afecto por Alfonso X.

En 1272, Alfonso X, antes de regresar a Castilla, acordó realizar una entrevista en Jaén con Muhammad I para negociar una renovación de la tregua con Granada. Pero al llegar a Alcázar, fue informado de que los benimerines, a petición del granadino, habían cruzado el Estrecho y atacado la plaza de Vejer, y que, además, Muhammad I mantenía contactos con los nobles descontentos con él. Ante aquella situación, el rey castellano desistió de negociar, ordenó la guerra contra Granada y regresó a Castilla.

La permanencia del rey en Murcia había facilitado los movimientos de los nobles conjurados, que, como se ha dicho anteriormente, no sólo contactaron con Muhammad I, sino que también lo hicieron con el emir de los benimerines. Cuando Alfonso X llegó a Castilla, a pesar de que tenía constancia de su traición, mandó emisarios a los nobles para negociar, ya que necesitaba su colaboración para su proyecto imperial. Pero las negociaciones fracasaron después de muchos intentos y los nobles decidieron “desnaturarse” y retirarse hacia el reino de Granada asolando las tierras a su paso. Antes de entrar en territorio granadino, en Sabiote, los rebeldes, que habían vuelto rechazar unas muy ventajosas ofertas de Alfonso X, firmaron un pacto de servicios con Muhammad I. Después entraron en Granada, donde fueron acogidos con grandes honores por el emir. En julio, en virtud del pacto, ayudaron al hijo del emir, el futuro Muhammad II, a atacar y a recuperar Antequera que estaba en manos de los Banu Asqilula. A pesar de aquellos hechos, Alfonso X continuó intentando la reconciliación con los nobles rebeldes a través del infante Fernando o del maestre de Calatrava.

En aquel año, la muerte de Ricardo de Cornualles hizo renacer las esperanzas de Alfonso X de ser reconocido emperador. Llevaba dieciséis años gastando grandes sumas de dinero y creyó llegado su momento. Por ello, escribió al papa Gregorio X reivindicando el imperio, pero la respuesta a su petición fue que la muerte de Ricardo no le convertía automáticamente en emperador.

En ese año se debieron publicar las Tablas alfonsíes en un libro que contiene las tablas astronómicas de las observaciones realizadas en el firmamento de Toledo desde el uno de enero de 1263 hasta 1272, a partir de una concepción de un mundo geocéntrico. En 1651, el cráter lunar Alphonsus recibió este nombre en honor de Alfonso X.

El 20 de enero de 1273 murió el emir nazarí de Granada Muhammad I. Su hijo regresó a la capital y se hizo con el trono nazarí. Al mismo tiempo, Alfonso X continuó realizando ofertas cada vez más generosas para la reconciliación, llegando, en algunos puntos, a renunciar a principios que siempre había defendido. Ante ellas, los nobles se dispusieron a negociar su regreso a Castilla. Para estar libres de compromisos en las negociaciones, pidieron a Muhammad II la ruptura del pacto que habían firmado con el anterior emir nazarí.

En aquel mismo año, Alfonso X reunió a los ganaderos y pastores de Castilla y León que practicaban la trashumancia en una asociación llamada “Honrado Concejo de la Mesta” a la que otorgó diversos privilegios, entre los que se encontraban la autorización a los pastores de coger de los bosque toda la madera que necesitaran, o la exención de pagar portazgo a los pastores por los alimentos que portaban. También se les garantizaba su protección.

A pesar de que en septiembre de aquel año, Rodolfo de Habsburgo había sino coronado rey de Alemania y elegido rey de romanos, Alfonso X, como si esto no hubiera sucedido, solicitó una entrevista con el papa Gregorio X que éste aceptó.

En 1274 continuaron las negociaciones con condiciones cada vez más desmedidas de los exiliados, que llegaron a amenazar la frontera castellana con sus tropas y las del emir de Granada. El maestre de Calatrava, de dudosa lealtad hacia Alfonso X, fue enviado para intentar evitar la ruptura definitiva, pero fracasó. La reina Violante, encomendada por el rey, se entrevistó en Córdoba con Nuño González de Lara. Después de largas conversaciones se llegó a un principio de acuerdo con el emir nazarí y los nobles. Con respecto a Granada, se renovaba el tratado de Alcalá de Benzaide, se entregaban las parias atrasadas y una aportación de doscientos cincuenta mil maravedíes para el proyecto del imperio. Con respecto a los nobles, la reina aceptó casi todas sus peticiones entre las que se encontraban: volver a los fueros, usos y costumbres de reinados anteriores; restituir y aumentar sus soldadas; devolver sus posesiones a Lope Díaz de Haro; y que el rey ayudara a pagar los daños producidos por los nobles cuando marcharon a Granada. Con aquel acuerdo, que era un reforzamiento de la nobleza y un retroceso de la autoridad regia, los nobles volvieron a Castilla y el emir, que ya volvía a Granada, tuvo que dar una tregua de un año a los Banu Asqilula a petición de la reina.

En junio de aquel año, Alfonso X decidió formar una gran comitiva para acudir al Imperio, pero el papa Gregorio X le pidió, en una embajada, que renunciase al viaje y que presentara su renuncia a la dignidad imperial porque no le ayudaría en su propósito, ya que estaba dispuesto a ungir emperador en Roma a Rodolfo de Habsburgo lo antes posible. Alfonso X no se dio por satisfecho y creyó poder presionar al papa intentando impedir, por medio de sus partidarios gibelinos, que Rodolfo llegara a Roma. Ante aquella insistencia, el papa accedió a una entrevista. Para acudir a ella, Alfonso X nombró regente del reino a su hijo Fernando de la Cerda e inició un deslumbrante viaje acompañado de un gran séquito.

En julio, Enrique I de Navarra murió dejando como heredera a su hija Juana de un año y medio de edad. Alfonso X, que consideraba tener derechos para suceder al rey navarro, decidió defenderlos con las armas. Comenzó en septiembre a reunir tropas en la frontera de la Rioja y a realizar pequeñas incursiones en Navarra. Pero un adelantado otoño y su viaje para entrevistarse con el papa le obligaron a posponer sus acciones.

En 1275, Alfonso X y su acompañamiento llegaron a Perpiñán donde Felipe III de Francia dio su permiso, de mala gana, para atravesar su territorio. La comitiva llegó a Beaucaire (Languedoc), lugar señalado por el papa para el encuentro, y se comenzó una serie de entrevistas con Gregorio X que resultaron infructuosas por la inflexibilidad de éste. Alfonso X, ante el fracaso de las negociaciones, renunció a seguir pleiteando con el papa por su reconocimiento como emperador, aunque siguió utilizando el título de rey de romanos en los documentos oficiales.

En febrero de aquel año, los benimerines, al mando del hijo del sultán Abú Yusuf Yaqub, desembarcaron en Algeciras y Tarifa llamados por Muhammad II y por los Banu Asquilula. Poco tiempo después, también llegó el sultán. A continuación, con la participación de los Banu Asqilula, atacaron y asolaron las comarcas de Cádiz, Sevilla, Córdoba y Jaén. En Écija se enfrentaron y derrotaron en una batalla a los cristianos. En ella murió Nuño González de Lara, siendo su cabeza cortada y enviada a Granada. Muhammad II se apiadó del que había sido su aliado y mandó que su cabeza fuera devuelta a su familia. En julio, cuando el heredero y regente Fernando de la Cerda se disponía a ponerse al mando de las tropas para luchar contra los benimerines, murió en Villa Real (Ciudad Real) de forma repentina. Ante la inminente llegada del infante Sancho, que sustituía a su hermano en la regencia, Abú Yusuf, cargado de un inmenso botín compuesto de ganado y cautivos, se retiró a Algeciras para regresar al Magreb. Pocas semanas después, Muhammad II derrotó a los cristianos en las cercanías de Martos. En la batalla murió Sancho de Aragón, arzobispo de Toledo.

A principios de 1276, Alfonso X, que acababa de llegar enfermo a Castilla, tuvo que hacer frente al problema jurídico de la sucesión del reino. La complicación estaba en que las Partidas, leyes que él mismo había elaborado, establecían que el reino correspondía al hijo mayor del difunto heredero, es decir, a Alfonso de la Cerda, su nieto. Y una parte de la nobleza, encabezada por el señor de Albarracín Juan Núñez de Lara exigió el reconocimiento en ese sentido. Pero otra parte mayoritaria de la nobleza, encabezada por el señor de Vizcaya Lope Díaz de Haro, exigía que se aplicase la norma tradicional seguida durante los siglos anteriores, que establecía que: en caso de muerte del heredero, le corresponde el reino al mayor de los hijos supervivientes, es decir, a su hermano Sancho, su hijo.

Muy poco tiempo después de estas disputas sucesorias, el emir Abú Yusuf, seguramente forzado por la presencia de la flota castellana en aguas del Estrecho, concertó una tregua por dos años con Alfonso X. Tregua a la que tuvo que adherirse Muhammad II porque, a su pesar, había convertido Granada en un reino tutelado por el emir meriní, al que había cedido por tiempo indefinido las plazas de Algeciras y Tarifa.

En la primavera de aquel año, Alfonso X convocó una asamblea en Burgos para debatir a quién correspondía heredar el reino. La discusión estaba entre si seguir la tradición o dar validez a las Partidas, que habían sido escritas pero no promulgadas. La mayoría de los reunidos, entre los que se encontraban los principales ricoshombres del reino, los obispos, los concejos y el infante Fadrique, se decantaron por la aplicación de la norma tradicional. Alfonso X, aunque se mostró favorable al reconocimiento de su hijo Sancho como heredero, trató de aplazar su decisión porque los hermanos Núñez de Lara y un numeroso grupo de caballeros, partidarios de Alfonso de la Cerda, se habían exiliado a Francia y habían prestado homenaje a Felipe III. Éste envió una embajada a Alfonso X para pedirle la herencia regia para su sobrino, y de no ser concedida, exigía la salida de Castilla de los infantes de la Cerda y de su madre. El rechazo de las exigencias provocó que el rey francés se dispusiera a ir a la guerra. La mediación del papa Juan XXI la evitó al conseguir que ambos reyes iniciaran negociaciones.

A primeros de noviembre se reunieron en Vitoria las dos delegaciones y firmaron dos acuerdos. En el primero, Alfonso X se comprometía, entre otros asuntos, a convocar cortes para que una comisión de juristas franceses y castellanos discutieran los derechos de los candidatos a heredar el trono. En el segundo se contemplaba una amplia amnistía. Los acuerdos no fueron satisfactorios para ninguna de las partes y por lo tanto no fueron ratificados. Francia y Castilla continuaron al borde de la guerra.

En 1277, Alfonso X convocó cortes en Burgos para cumplir los acuerdos de Vitoria, pero la incomparecencia de los juristas franceses impidió debatir el pleito sucesorio que se aplazó para cortes posteriores.

A mediados de junio, se produjo un grave acontecimiento en la familia real. Alfonso X ordenó a su hijo Sancho el apresamiento y ejecución del infante Fadrique y de su yerno Simón Ruiz de los Cameros acusados de una supuesta conjura, de la cual, las fuentes dan una escasísima información.

También en junio, y antes de que concluyese la tregua del año anterior, el emir de los benimerines Abú Yusuf desembarco por segunda vez en Algeciras y realizó un ataque a Sevilla al que siguió el saqueo y destrucción de las villas amuralladas de Alhadrín, Alcalá del Río, Guillena y Cantillana, junto al Guadalquivir. En septiembre desembarcaron nuevas tropas al mando de Abú Yaqub, hijo del emir, que arrasaron el territorio jerezano y destruyeron El Puerto de Santa María, Rota, Chipiona, Sanlúcar de Barrameda y volvieron a asolar las cercanías de Sevilla. En esta segunda campaña, los benimerines contaron con tropas del reino de Granada. En una tercera expedición, benimerines y nazaríes asolaron los territorios de Córdoba, Porcuna, Arjona, Jaén. Después regresaron a Algeciras y Abú Yusuf cedió el botín conseguido a Muhammad II.

En 1278, Alfonso X no se decidía a nombrar heredero. Por ello, la reina Violante de Castilla, hermana de Pedro III, temiendo por la seguridad sus nietos Alfonso y Fernando, infantes de la Cerda, huyó a Aragón acompañada de su nuera Blanca de Francia y de los infantes.

En junio de aquel año, se celebraron cortes en Segovia donde fue proclamado heredero el infante Sancho. El nombramiento contribuyó a pacificar el reino, pero también agravó las relaciones con Francia.

En agosto de aquel año, la flota de Castilla al mando de Pedro Martínez de Fez inició el bloqueo del puerto de Algeciras para evitar que los benimerines utilizasen aquella plaza como base de sus desembarcos.

En febrero de 1279, las tropas castellanas al mando del infante Pedro, hijo de Alfonso X, comenzaron el asedio por tierra de Algeciras con todo tipo de máquinas de asalto.

En julio, regresó la reina Violante a Castilla dejando a los infantes de la Cerda en el castillo de Játiva en manos de su hermano el rey Pedro III de Aragón. Para poder volver, Sancho pagó la cuantiosa deuda que había supuesto la estancia de la reina en Aragón. Los caudales los había recibido Sancho del recaudador de impuestos del rey, el judío Zag de la Maleha, que los había obtenido para financiar el sitio de Algeciras.

En aquel mismo mes, la falta de dinero para pagar soldadas y alimentos, las enfermedades y la destrucción de la flota por el ataque de galeras meriníes provocaron el fracaso del asedio a Algeciras y el levantamiento apresurado del campamento por el infante Pedro, que huyó a Sevilla dejando abandonados máquinas y pertrechos.

Entre febrero y marzo de 1280, Alfonso X convocó a los concejos e Badajoz con un motivo prioritario, tratar de conseguir financiación para una campaña contra el reino nazarí de Granada. Ésta se realizó en junio, sin la presencia de Alfonso X que permaneció en Córdoba debido a su enfermedad, y acabó con la derrota de las tropas de la orden de Santiago. Sólo la actuación de Sancho logró evitar que la derrota se convirtiese en una carnicería. A continuación, rehecha la hueste, Sancho asoló la Vega de Granada y regresó a Córdoba.

En junio se logró un acuerdo de treguas para que Alfonso X y Felipe III pudieran reunirse para tratar de reanudar la amistad entre las dos coronas y solventar, sin alterar las previsiones sucesorias, la cuestión de los infantes de la Cerda. Por su parte, Sancho trataba de conseguir que su tío Pedro III de Aragón siguiera reteniendo a los infantes.

En otoño, Alfonso X, conocedor de la maniobra de Sancho en el asunto de los infantes y en el del manejo del dinero que había hecho para atraer a su causa a la reina, lo castigó en la persona del recaudador al que mandó ajusticiar.

En diciembre, Alfonso X y Felipe III celebraron reuniones en la frontera, cada uno en una ciudad y a través de plenipotenciarios, para evitar la guerra y resolver el conflicto de la herencia de los infantes de la Cerda. Alfonso X ofreció un reino feudatario en Jaén y quinientas libras de rentas para sus nietos, pero a Felipe III le pareció poco y pidió el reino de Castilla o el de León. Ante el desacuerdo, las negociaciones fracasaron, pero supusieron, debido a la oferta de Alfonso X, el aumento de la tensión entre éste y su hijo, que no estaba dispuesto a ceder territorios.

En marzo de 1281, para fortalecer su posición ante Francia, Alfonso X se reunió en las plazas de Ágreda y Campillo con Pedro III y firmaron un tratado de paz. En él se acordó la ocupación conjunta del reino de Navarra, el reconocimiento de la soberanía de Castilla sobre el señorío de Albarracín, y la cesión a Aragón del término de Pozuelo, del valle de Ayora y la de los castillos de Pueyo y Ferrón. Sancho, por su cuenta y, seguramente, a espaldas de su padre, añadió la villa y castillo de Requena y la renuncia a sus derechos al reino de Navarra. A cambio Pedro III, en el mismo día, prometió su ayuda a Sancho en un tratado de amistad. Pocos días más tarde, Sancho se comprometió a entregar a su tío el castillo de Albarracín cuando reinase. Todo ello, a pesar de ir en contra de su idea de no ceder territorio.

En junio, Sancho realizó una devastadora incursión en la Vega de Granada que obligó a Muhammad II a solicitar una tregua y a comprometerse a pagar parias.

En octubre, se celebraron cortes en Sevilla en un ambiente muy caldeado por la mala situación económica. Durante ellas, el rey, para costear la próxima guerra contra Granada, pidió, y fue aceptado de mala gana, la introducción de un nuevo sistema monetario basado en la acuñación de otras dos nuevas monedas: una de plata y otra de cobre.

Al mismo tiempo, y sin relación con las cortes, se produjo una violenta discusión entre Alfonso X y Sancho. El motivo fue que el rey manifestó a su hijo estar dispuesto, con su consentimiento o sin él, a negociar con Felipe III la cesión de un reino en Jaén para sus nietos los infantes de la Cerda. Sancho, enfurecido, dirigió duras palabras a su padre y se marchó a Córdoba con la excusa de negociar una tregua con Granada. En Córdoba consiguió la adhesión de su concejo, y comenzó una frenética captación de partidarios para su causa y contra el rey. Para ello hizo concesiones a los concejos, garantizó la vuelta de los fueros y privilegios de tiempos pasados, y prometió al clero confirmar sin restricciones las inmunidades y privilegios de la Iglesia. Los nobles y órdenes militares se alinearon desde un primer momento con Sancho. También apoyaron su causa casi toda la familia real. Alfonso X, enterado de los movimientos de Sancho, adoptó medidas contra alguno de sus seguidores, pero no quería la ruptura que supondría una guerra civil y comenzó a hacer gestiones, sin éxito, para detener los planes de Sancho, decidido ya a sublevarse contra su padre.

En abril de 1282, en una asamblea en Valladolid, se produjo la ruptura entre Alfonso X y Sancho. En ella se decidió, casi sin deliberaciones y en un ambiente de fuertes presiones, desposeer al rey de todos sus poderes y rentas, y traspasarlos a su hijo. Hubo un intento de Sancho por nombrarse rey, pero la asamblea lo rechazó. En los días siguientes, Sancho se dedicó a repartir con gran prodigalidad privilegios y honores de todo tipo a sus partidarios. En julio se casó con su tía María, hija del infante Alfonso de Molina y sobrina de Fernando III. Para entonces, la guerra civil se había extendido por todo el reino. Sancho contaba para enfrentarse a su padre con casi todos los estamentos del reino. Por su parte, Alfonso X contaba con los apoyos de Sevilla, Murcia, Badajoz y poco más. De su petición de ayuda en el exterior, sólo le llegaron las evasivas de Pedro III y de Dionisio de Portugal. Felipe III sólo le ayudaría si daba a los infantes de la Cerda su herencia; el papa Martín IV escribió a los obispos, prelados y maestres de las órdenes militares para que se adhiriesen al partido del rey; y Gastón de Bearn se comprometió a ayudarlo por orden de Eduardo I de Inglaterra. Sólo el emir de los benimerines Abú Yusuf le ayudó con tropas y dinero. Con estas tropas, Alfonso X, algo recuperado de su enfermedad, salió de Sevilla y fue contra Córdoba, donde derrotó a los partidarios de Sancho. De vuelta en Sevilla, Alfonso X dictó un testamento donde desheredaba a Sancho y nombraba a los infantes de la Cerda herederos. En él, además, nombraba heredero, si los infantes morían sin sucesión, a Felipe III. Al día siguiente, en sesión pública del tribunal de la corte, pronunció una sentencia contra su hijo, en la que, de forma detallada, describió la traición de Sancho.

Desde principios de 1283, la situación y la guerra fue volviéndose progresivamente favorable a Alfonso X. Sevilla y Murcia formaron una hermandad para defender sus derechos; los nobles rebeldes comenzaron, a partir de marzo, a volver a su obediencia a pesar de los intentos de Sancho de conservarlos con el otorgamiento de nuevas prebendas; y el papa pronunció una sentencia condenatoria y de entredicho contra Sancho y sus seguidores. En el verano, las tropas meriníes, al servicio del rey, saquearon las tierras de Córdoba, Jaén y Toledo, y la mesnada concejil de Sevilla volvió a derrotar a los cordobeses. También Mérida pasó a manos del rey. Viéndose con la guerra perdida, Sancho se reunió con sus consejeros en Palencia en noviembre y decidió entablar conversaciones de paz con el rey.

En ese año, concluyó en Sevilla la elaboración del Libro de axedrez, dados e tablas, que consta de noventa y ocho páginas y ciento cincuenta ilustraciones en color.

En enero de 1284, Alfonso X dictó un codicilo que ampliaba su testamento. En él se reafirmaba en lo dictado en 1282 y justificaba su decisión de incluir al rey de Francia como posible heredero. Pero lo esencial de este documento está en la enumeración de sus muchísimas deudas, y en la petición de que no fuera enterrado hasta que no hubiesen sido saldadas.

El cuatro de abril de aquel año, Alfonso X murió en el alcázar de Sevilla y, a pesar de su testamento, Sancho IV fue reconocido rey por todos los estamentos del reino, incluso los que habían estado en el bando de Alfonso X.


Sucesos contemporáneos

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Reyes y gobernantes coetáneos

Aragón:

Reyes de la Corona de Aragón.

Jaime I "el Conquistador" (1213-1276).
Pedro III "el Grande" (1276-1285).

Navarra:

Reyes de Navarra.

Teobaldo I "el Trovador" (1234-1253).
Teobaldo II "el Joven" (1253-1270).
Enrique I "el Gordo" (1271-1274).
Juana I (1274-1305) y Felipe I "el Hermoso" (1284-1305).

Mallorca:

Rey de Mallorca.

Jaime II (1276-1285). 1ª vez.

Condados catalanes
no integrados en la
Corona de Aragón:

Condes de Ampurias.

Ponce IV (1230-1269).
Hugo V (1269-1277).
Ponce V (1277-1313).

Condes de Pallars-Sobirá.

Roger II (1236-1256).
Arnaldo Roger I (1256-1288).

Al-Andalus:

Terceros reinos de taifas.

Régulos de la taifa de Menorca.

Abú Said Utman ben Hakam (1229-1281).
Abú Umar ben Abú Said ben Hakam (1281-1287).

------- Reino vasallo de Aragón desde 1231.

Régulo de la taifa de Murcia.

Muhammad ben Muhammad ben Hud Baha al-Dawla (1241-1260/1).

------- 1243.- Reino vasallo de Castilla-León.

------- 1266.- Conquistado por Jaime I de Aragón y entregado a Castilla.

Reyes nazaríes de Granada.

Muhammad I ben Yusuf ben Nasr al-Ahmar (1238-1273).
Muhammad II (1273-1302).

Régulo de la taifa de Niebla.

Suaib ben Muhammad ben Mahfuz (1234-1262).

------- 1253.- Reino vasallo de Castilla-León.

------- 1262.- Conquistado por Castilla-León.

Portugal:

Reyes de Portugal.

Alfonso III (1247-1279).
Dionisio I (1279-1325).

Francia:

Reyes de Francia.
(Dinastía Capeta).

Luis IX "el Santo" (1226-1270).
Felipe III "el Atrevido" (1270-1285).

Alemania:

Reyes de Germania.
(Dinastía de Hohenstaufen).

Conrado IV (1250-1254).

------- Gran interregno desde 1254 a 1273.

(Dinastía de Habsburgo).

Rodolfo I (1273-1291).

Emperadores del Sacro Imperio Romano Germánico.

------- Sin emperador.

Reyes de Romanos.

Conrado IV (1250-1254).
Ricardo de Cornualles (1257-1272).
Rodolfo I (1273-1291).

Italia:

Reyes de Italia (Norte).

Perteneciente al Sacro Imperio Romano Germánico.

Dux de la República de Venecia.

Marino Morosini (1249-1252).
Reniero Zeno (1252-1268).
Lorenzo Tiepolo (1268-1275).
Jacopo Contarini (1275-1280).
Giovanni Dandolo (1280-1289).

Estados Pontificios. (Papas).

Inocencio IV (1243-1254).
Alejandro IV (1254-1261).
Urbano IV (1261-1264).
Clemente IV (1265-1268).

------- Sede vacante desde 1268 a 1271.

Gregorio X (1271-1276).
Inocencio V (1276). 5 meses.
Adriano V (1276). 39 días.
Juan XXI (1276-1277).
Nicolás III (1277-1280).
Martín IV (1281-1285).

Reyes de Sicilia. (Sicilia y Nápoles).
(Dinastía Hohenstauffen).

Conrado I (1250-1254).
Conrado II o Conradino (1254-1258).
Manfredo (1258-1266).

(Dinastía Angevina).

Carlos I de Anjou (1266-1285).

Britania:

Escocia:

Rey de Escocia.

Alejandro III (1249-1286).

Inglaterra:

Reyes de Inglaterra.

Enrique III (1216-1272).
Eduardo I (1272-1307).

Gales:

Rey de Gwynedd, Powys y Deheubarth.

Llywelyn "el Último" (1246-1282).

------- Conquistado por Inglaterra en 1282.

División del
Imperio bizantino. (Bizancio):

Imperio de Nicea.
Emperadores.
(Dinastía Láscaris)

Juan III (1222-1254).
Teodoro II (1254-1258).
Juan IV (1258-1261) y Miguel VIII (1259-1261).

------- Restauración del imperio bizantino en 1261.

Imperio Latino de Constantinopla.
Emperador.

Balduino II (1228-1261).

------- Conquistado por el imperio de Nicea en 1261.

Imperio de Trebisonda.
Emperadores.

Manuel I (1238-1263).
Andrónico II (1263-1266).
Jorge (1266-1280).
Juan II (1280-1284).
Teodora (1284-1285).

Despotado de Épiro.
Déspotas.
(Dinastía Comneno)

Miguel II (1231-1268).
Nicéforo I (1268-1289).

Imperio Bizantino.
Emperadores.
(Dinastía Paleóloga)

Miguel VIII (1261-1282) y Andrónico II (1272-1282).
Andrónico II (1282-1328).

Imperios y sultanatos musulmanes: Califato árabe abbasí:

Califas abbasíes. (Bagdad).

Abú Ahmad al-Mustasim (1242-1258).

------ 1258.- Saqueo de Bagdad por los mongoles.

Califas abbasíes. (Dentro del sultanato mameluco de El Cairo).

Al- Mustansir II (1261-1262).
Al-Hakim I (1262-1302).

Califato almohade:

Califas almohades. (Marrakech).

Abú Hafs Umar al-Murtada (1248-1266).
Abú al-Ula Idris Abú Dabbus al-Watiq (1266-1269).

------ 1269.- Fin del Imperio almohade a manos de los Benimerines.

Sultanato benimerí o meriní:

Sultán.

Abú Yusuf Yaqub (1269-1286).

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