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Sancho IV "el Bravo"
Rey de Castilla y León (1258<1284-1295>1295)

Genealogía


Su reinado

Sancho IV, llamado “el Bravo” por su fuerte carácter, nació en Sevilla en 1258 y era el segundo hijo de Alfonso X “el Sabio”, rey de Castilla y León, y de su esposa Violante, hija del rey de la Corona de Aragón Jaime I “el Conquistador”. La muerte en 1275 de su hermano mayor y heredero de los reinos, Fernando de la Cerda, fue origen de un conflicto sucesorio que se alargaría en el tiempo. Según el derecho tradicional castellano, en caso de muerte del primogénito, al que correspondía la sucesión del reino, ésta recaería en el segundogénito, es decir, en Sancho; sin embargo, Alfonso X había establecido en las Partidas que la sucesión debía recaer en el hijo mayor del difunto heredero, es decir, en el infante Alfonso de la Cerda. Este asunto dividió al reino cuando una parte de la nobleza, encabezada por el señor de Albarracín Juan Núñez de Lara exigió el reconocimiento en este último sentido, y otra parte mayoritaria de la nobleza, encabezada por el señor de Vizcaya Lope Díaz de Haro, exigió que se nombrase a Sancho para que se cumpliese la norma tradicional castellana.

El conflicto sucesorio se agravó cuando la reina Violante se enfrentó a Alfonso X al tomar partido por sus nietos los infantes de la Cerda; y temiendo por la seguridad de estos, huyó con ellos y con la madre de ambos, Blanca de Francia, a Aragón para ponerse bajo la protección de Pedro III, que instaló a los infantes en el castillo de Játiva.

En 1278 se celebraron cortes en Segovia donde fue proclamado heredero el infante Sancho. El nombramiento contribuyó a pacificar el reino, pero también agravó las relaciones con Felipe III de Francia, tío de los infantes, que reclamaba, con amenaza de guerra, los reinos para su sobrino Alfonso.

En 1280, para evitar la guerra y resolver el conflicto de la herencia de los infantes de la Cerda, Alfonso X y Felipe III celebraron reuniones en la frontera, cada uno en una ciudad de su reino y a través de plenipotenciarios. Alfonso X ofreció un reino feudatario en Jaén y quinientas libras de rentas para sus nietos, pero a Felipe III le pareció poco y pidió el reino de Castilla o el de León. Ante el desacuerdo, las negociaciones fracasaron, pero supusieron, debido a la oferta de Alfonso X, el aumento de la tensión entre éste y su hijo Sancho, que no estaba dispuesto a ceder territorios, y que, además, trataba de conseguir que su tío Pedro III siguiera reteniendo a los infantes.

En 1281 se produjo una violenta discusión entre Alfonso X y Sancho. El motivo fue que el rey manifestó a su hijo estar dispuesto, con su consentimiento o sin él, a negociar con Felipe III la cesión de un reino en Jaén para sus nietos los infantes de la Cerda. Sancho, enfurecido, dirigió duras palabras a su padre y se marchó a Córdoba con la excusa de negociar una tregua con Granada. En Córdoba consiguió la adhesión de su concejo y comenzó una frenética captación de partidarios para su causa y contra el rey. Para ello hizo concesiones a los concejos, garantizó la vuelta de los fueros y privilegios de tiempos pasados, y prometió al clero confirmar sin restricciones las inmunidades y privilegios de la Iglesia. Los nobles y órdenes militares se alinearon desde un primer momento con Sancho. También apoyaron su causa casi toda la familia real. Alfonso X, ante los movimientos de Sancho, adoptó medidas contra alguno de sus seguidores, pero no queriendo la ruptura que supondría la guerra civil, comenzó a hacer gestiones, sin éxito, para detener los planes de Sancho, decidido ya a sublevarse contra su padre.

En abril de 1282, en una asamblea en Valladolid, se produjo la ruptura entre Alfonso X y Sancho. En ella se decidió, casi sin deliberaciones y en un ambiente de fuertes presiones, desposeer al rey de todos sus poderes y rentas, y traspasarlos a su hijo. Hubo un intento de Sancho por nombrarse rey, pero la asamblea lo rechazó. En los días siguientes, Sancho se dedicó a repartir con gran prodigalidad privilegios y honores de todo tipo a sus partidarios.

En julio de aquel año, el infante Sancho, sin tener en cuenta un anterior compromiso matrimonial, concertado por Alfonso X, con Guillerma de Moncada, hija del conde Gastón de Bearn, y sin haber obtenido la dispensa papal por motivos de consanguineidad y con la reprobación de la Santa Sede, se casó con su tía María de Molina, hija del infante Alfonso de Molina y sobrina de Fernando III. Para entonces, la guerra civil se había extendido por todo el reino. Sancho contaba para enfrentarse a su padre con casi todos los estamentos del reino. Por su parte, Alfonso X contaba con los apoyos de Sevilla, Murcia, Badajoz y poco más. De su petición de ayuda en el exterior, sólo le llegaron las evasivas de Pedro III y de Dionisio de Portugal. Felipe III le ayudaría si daba a los infantes de la Cerda su herencia. Sólo el emir de los benimerines Abú Yusuf le ayudó con tropas y dinero. Con estas tropas, Alfonso X salió de Sevilla y fue contra Córdoba, donde derrotó a los partidarios de Sancho. De vuelta en Sevilla, Alfonso X dictó un testamento donde desheredaba a Sancho y nombraba a los infantes de la Cerda herederos. En él, además, nombraba heredero, si los infantes morían sin sucesión, a Felipe III. Al día siguiente, en sesión pública del tribunal de la corte, pronunció una sentencia contra su hijo, en la que, de forma detallada, describió la traición de Sancho.

Desde principios de 1283, la guerra fue volviéndose progresivamente favorable a Alfonso X. Sevilla y Murcia formaron una hermandad para defender los derechos del rey; muchos nobles rebeldes, entre los que se encontraba el infante Juan, hermano de Sancho, comenzaron, a partir de marzo, a volver a la obediencia del rey a pesar de los intentos de Sancho de conservarlos con el otorgamiento de nuevas prebendas. Por su parte, el papa pronunció una sentencia condenatoria y de entredicho contra Sancho y sus seguidores. En el verano, las tropas meriníes, al servicio de Alfonso X, saquearon las tierras de Córdoba, Jaén y Toledo, y la mesnada concejil de Sevilla volvió a derrotar a los cordobeses. También Mérida pasó a manos del rey. Viendo la guerra perdida, Sancho se reunió con sus consejeros en Palencia en noviembre y decidió entablar conversaciones de paz con su padre.

El cuatro de abril de 1284, Alfonso X murió en el alcázar de Sevilla. El infante Sancho, tras conocer la noticia, se proclamó en Ávila soberano de Castilla y León e hizo reconocer como reina a María y como heredera a su hija Isabel, luego marchó a Toledo donde fue coronado por cuatro prelados en su catedral a primeros de mayo.

En febrero de 1285, Sancho IV, que necesitaba asegurar la paz con Aragón, se reunió con su tío Pedro III en Uclés (Cuenca) para ratificar sus pactos y compromisos de ayuda mutua. Pero ante el inminente enfrentamiento entre Aragón y Francia, Sancho IV advirtió que sólo acudiría en su ayuda si no tuviera que responder a los posibles ataques de los musulmanes. También en Uclés, el aragonés prometió seguir reteniendo a los infantes de la Cerda y combatir a Juan Núñez de Lara, señor de Albarracín, máximo valedor de estos.

En abril de aquel año, las tropas meriníes al mando del sultán Abú Yusuf iniciaron algaradas por las tierras de Vejer, Medina-Sidonia, Alcalá de los Gazules y Jerez, que fue asediada. El ataque fue motivado por la altiva contestación que dio Sancho IV a los embajadores meriníes sobre la política que mantendría con los musulmanes. Ante el peligro, el rey castellano consiguió la ayuda militar de sus reinos y acudió a Jerez, donde estaba acampado Abú Yusuf, que inmediatamente levantó el campo. Sancho IV quiso perseguirlo, pero fue convencido por su hermano el infante Juan y por Lope Díaz de Haro para que no lo hiciera. Esta actitud de ambos personajes se hizo sospechosa para muchos de los asistentes a la campaña.

En mayo, Sancho IV, escudándose en la invasión meriní y de acuerdo con lo pactado en Uclés, negó la ayuda que le pidió Pedro III para hacer frente a la invasión de su territorio por parte del rey francés. Pero aunque la amenaza benimerí era importante, Pedro III no aceptó la excusa y la concordia entre los dos reinos se resintió. A las razones para la negativa, hay que añadir el interés de Sancho IV en cultivar la amistad de Felipe III para que éste pudiera ser valedor ante el papa en la resolución del problema de la dispensa de su matrimonio con María de Molina.

En octubre, el sultán benimerí regresó a África después de firmar una tregua con Sancho IV y pagar una indemnización. Seguramente, la presencia de una potente flota castellana en la zona del Estrecho fue una razón más para que abandonara la Península.

En enero de 1286, en Zamora, fue jurado heredero el infante Fernando que había nacido el mes anterior en Sevilla. A continuación, Sancho IV organizó un viaje a Bayona para entrevistarse con el nuevo rey de Francia Felipe IV “el Hermoso”, que también lo era de Navarra. En una embajada preliminar de Gómez García, abad de Valladolid y valido de Sancho IV, ante el rey francés, éste le notificó que estaba dispuesto a retirar su apoyo a las pretensiones al trono de sus primos los infantes de la Cerda, pero se negaba a interceder por los reyes de Castilla y León ante la corte pontificia para la dispensa matrimonial porque deseaba que Sancho IV repudiase a María de Molina y se casara con una hermana suya. A su vuelta de Francia, el abad, por causas desconocidas, no informó al rey de los deseos de Felipe IV. Cuando Sancho IV llegó a San Sebastián y envió a sus delegados para realizar las últimas gestiones, estos se enteraron de que cualquier negociación se debería hacer sobre la base del matrimonio de Sancho IV con la hermana de Felipe IV. La propuesta causó tal indignación al rey castellano-leonés, que se consideraba bien casado con María de Molina, que se volvió a Vitoria sin celebrar la entrevista. La actitud del abad de Valladolid en este asunto provocó que el rey le retirara su amistad y protección, y sus enemigos, principalmente Lope Díaz de Haro, hicieron todo lo posible para provocar su caída en desgracia y su retirada al único lugar que le fue donado, al obispado de Mondoñedo, donde murió poco después, seguramente de melancolía. El señor de Vizcaya Lope Díaz de Haro intrigó con inteligencia hasta conseguir el favor de Sancho IV y ocupar el puesto del difunto abad.

A principios de 1287, Sancho IV concedió a Lope Díaz de Haro el título de conde, la mayordomía mayor, la tenencia de los castillos y fortalezas, una llave de la real chancillería y otros grandes honores. La reina intentó hacer ver a su esposo el peligro que suponía entregar todos los poderes reales al señor de Vizcaya, pero el rey no atendió a razones al encontrarse sugestionado por los ofrecimientos del conde de solucionar todos los problemas del reino. Desde el primer momento, el señor de Vizcaya, enemigo de la reina, a pesar de que estaba casado con una hermana de ésta, comenzó a apartar de la corte a todos sus partidarios, al tiempo que sus amigos intentaban conseguir la ruptura conyugal para propiciar la boda de Sancho IV con su prima hermana Guillerma de Moncada. Además, en contra de los intereses de la pareja real, el conde auspiciaba una política contraria a Francia y a favor de una alianza con Aragón. En muy poco tiempo, el valido consiguió hacerse con la voluntad del rey, que ya no escuchaba los consejos de su esposa, como antes hacía. La actitud del conde se hizo cada vez más osada y comenzó a cometer abusos. A pesar de ello, el rey continuó confiando en él. Para controlar también el poder económico, consiguió que el rey accediese a conceder el arrendamiento de todas las rentas del reino al judío Abraham el Barchilón, amigo y, seguramente, vasallo del conde, con lo que éste tuvo en sus manos la recaudación de los tributos reales. El descontento y las reclamaciones se generalizaron. La confianza de Sancho IV en el conde se fue diluyendo al comprobar que sus iniciativas muchas veces provocaban graves conflictos; como el que se produjo cuando un nutrido grupo de nobles leoneses y gallegos esperó el paso del rey por el puente del río Órbigo para protestar por las arbitrariedades administrativas del conde. Extrañamente, los capitaneaba el infante Juan que aquel año se había casado con María, hija de Lope Díaz de Haro. Para resolver el problema, el rey los citó en Astorga y reclamó la asistencia del conde. Éste llegó con un gran acompañamiento y prometió al rey, de forma arrogante, que resolvería el asunto.

Pero los problemas continuaron y el descontento se extendió por los reinos. Así, otro conflicto surgió cuando muchos caballeros capitaneados por Álvar Núñez de Lara marcharon a Portugal para unirse al sedicioso infante Alfonso, hermano del rey Dionisio, con el fin de hacer la guerra en la frontera. Avisado por el rey portugués, Sancho IV marchó para combatir a los rebeldes. Durante la campaña escuchó los consejos del rey Dionisio sobre el grave error de dar tanto poder a Lope Díaz de Haro. Terminada satisfactoriamente la campaña, Sancho IV se reconcilió con Álvar Núñez y regresó a sus reinos.

En 1288, Sancho IV convocó una asamblea en Toro para deliberar con sus consejeros la conveniencia de una paz con Francia o con Aragón. La asamblea comenzó con la opinión dividida: Lope Díaz de Haro, el infante Juan y sus partidarios defendieron la alianza con Aragón; la reina, el arzobispo de Toledo y otros nobles se decantaron por la paz con Francia. Sancho IV decidió optar por esta última opción. La decisión hirió el amor propio del valido que decidió enfrentarse soterradamente al rey. Para ello, decidió que el infante Juan y Diego López de Campos, su primo, hicieran algaradas por tierras de Salamanca para hacer una demostración de fuerza ante el rey. Sancho IV aprovechó un encuentro con el conde para reprocharle tímidamente las correrías de sus seguidores, pero aquél respondió cínicamente que estos recibían su mandato y que todo se resolvería si el rey volviese a hacer caso de sus consejos. Sancho IV no protestó y continuó mostrando una actitud de flaqueza en los sucesivos encuentros que mantuvieron. Después de varios intentos de conciliación, donde el conde siempre se mostró insolente y prepotente, el rey lo citó en Alfaro (La Rioja) para resolver definitivamente el asunto de las alianzas internacionales en unión con los demás consejeros. En junio se celebró la asamblea. Los últimos en llegar a la sala de reuniones fueron el conde, su primo y el infante Juan. El rey salió de la sala para que pudieran deliberar con libertad, pero a los pocos minutos volvió con el propósito de enfrentarse definitivamente con el conde. Casi inmediatamente, le pidió que le devolviese los castillos o que se considerase preso. El conde, enfurecido, sacó el puñal y fue hacia el rey, que también sacó la espada al tiempo que tropezaba con una alfombra. Los hombres del rey, al verlo en peligro, atacaron al conde y le cortaron la mano que sostenía la daga. Al mismo tiempo, el rey se rehízo y a su vez hirió mortalmente al señor de Vizcaya. La misma suerte corrió Diego López de Campos. Y lo mismo pudo ocurrir con el infante Juan si no llega a ser por la intervención de la reina que estaba en una habitación contigua. Calmado Sancho IV, sólo mandó encarcelar a su hermano.

El luctuoso suceso de Alfaro tuvo como consecuencia la sublevación de las villas del señorío de Vizcaya, que Sancho IV tuvo que someter, y el aglutinamiento de los enemigos del rey con los infantes de la Cerda a la cabeza. Sancho IV, para contrarrestar este movimiento, hizo que el obispo de Astorga consiguiera en julio un acuerdo con Felipe IV en Lyon (Francia) por el cual, entre otros asuntos, éste se comprometía a defender ante el papa el otorgamiento de la dispensa matrimonial para Sancho IV y María de Molina; y como contrapartida pedía la ayuda de Castilla contra el reino de Aragón.

Mientras tanto, María de Molina se había entrevistado con su hermana, la viuda del conde, para lamentar lo sucedido y disculpar al rey. Luego llegó éste que le aseguró que su intención no era matar al conde y que sólo quería la devolución de los castillos. Ambos pidieron a la viuda que convenciera a su hijo Diego para que no tomase represalias. Pero aunque en aquel momento la viuda aceptó, luego cambió de parecer e incitó a su hijo para que fuera contra el rey. Para enfrentarse a éste, el heredero del señorío de Vizcaya y su tío, también llamado Diego López de Haro, se aliaron con su otro tío Gastón de Bearn y con Alfonso III de Aragón. Como primera actuación y en respuesta al acuerdo de Lyon, el rey aragonés puso en libertad a los infantes de la Cerda e hizo que el mayor de ellos, Alfonso, fuera proclamado en septiembre rey de Castilla y León en Jaca. En diciembre murió el heredero del difunto conde, y fue Diego López de Haro, hermano de éste, el que tomó el relevo en la jefatura de la casa de los Haro.

En 1289, unos mensajeros llegaron a Palencia para entregar a Sancho IV un desafío de Alfonso III y de Alfonso de la Cerda. El castellano-leonés aceptó el reto y la guerra quedó declarada. El aragonés invadió Castilla por Almazán y Sancho IV respondió asolando Tarazona. Después de varios enfrentamientos, en agosto, en Pajarón (Cuenca), las tropas aragonesas mandadas por Diego López de Haro infringieron una grave derrota a las castellanas mandadas por Rui Páez de Sotomayor, que murió en la batalla. Poco después, el cansancio de los contendientes motivó la suspensión de la guerra.

En octubre, Sancho IV recibió en Guadalajara una embajada de Felipe IV para señalar la fecha de una entrevista de los dos reyes en Bayona. El castellano-leonés, necesitado de fortalecer su posición después de las derrotas, aceptó acudir a la cita. Con la embajada vino Juan Núñez de Lara, antiguo señor de Albarracín y defensor de los derechos de los infantes de la Cerda, que se encontraba refugiado en Francia. Sancho IV, a pesar de sus anteriores enfrentamientos, le recibió afectuosamente y le entregó las villas fronterizas de Moya y Cañete en señorío, además, le nombró “frontero” contra Aragón. A continuación, preparó el viaje a Bayona.

En abril de 1290, Sancho IV firmó un tratado en Bayona con Felipe IV. En él, se ratificaron los acuerdos de 1288, y se formalizó la alianza contra el rey de Aragón. De vuelta en Burgos, los reyes tuvieron que afrontar un problema con Juan Núñez de Lara. Éste había huido al municipio palentino de San Andrés de Arroyo después de recibir un mensaje anónimo que le prevenía de un atentado del rey. La mediación de María de Molina consiguió convencerlo de que todo era una falsedad. Pero poco después, Juan Núñez de Lara volvió a enemistarse con Sancho IV porque no le quiso ceder castillos en fianza; airado, se refugió, primero en Navarra y luego en Aragón. El rey, temiendo posibles desmanes en los territorios de Cuenca pertenecientes al de Lara, reunió tropas y se dirigió a aquella comarca. Los temores se confirmaron, ya que las tropas de Juan Núñez de Lara y de Alfonso III efectuaron exitosas correrías por tierras de Castilla. Durante la campaña, Sancho IV enfermó de fiebres cuartanas y tuvo que permanecer en Huete. Allí tuvo noticia de la derrota de sus tropas en Chinchilla. A pesar de la fiebre intentó marchar contra sus enemigos, pero nuevamente tuvo que detenerse en Cuenca por agravamiento de su enfermedad. Mientras tanto, el de Lara y sus hijos juraron vasallaje a Alfonso III en Valencia. Por su parte, María de Molina, angustiada por el estado de Sancho IV, salió de Valladolid y marchó para encontrarse con el casi moribundo rey. Después de su llegada, se decidió que fuese nuevamente la reina la que convenciera al de Lara para que volviera a la obediencia de Sancho IV. La gestión triunfó a base de la entrega, como garantía, de los castillos de San Esteban de Gormaz, Castrogeriz, Fermoselle y Trastamara, y el compromiso matrimonial entre Juan Núñez “el Mozo”, hijo del de Lara, e Isabel, heredera de Molina y sobrina de la reina. Resuelto el problema y restablecido el rey, Juan Núñez de Lara acompañó a la pareja real a Toledo. Pero la tranquilidad duró poco. Nuevamente unas palabras, esta vez del caballero Nuño González Churruchano, al oído de Juan Núñez de Lara de que el rey pretendía matarlo, espantó al de Lara. Los consejos de sus vasallos de que no diese crédito a aquellas palabras hasta no hablar con la reina surtieron efecto, ya que ésta logró convencerlo de que era un malicioso engaño. Después, el de Lara, a petición del rey, denunció al culpable bajo la condición de que no fuera ejecutado. El castigo a González Churruchano fue el de ser humillado por el rey ante la corte llamándole falso caballero y que todos repitieran el mismo insulto.

En febrero de 1291, Fernán Pérez Ponce, adelantado en la frontera con Granada, entregó a Sancho IV una propuesta del nazarí Muhammad II para iniciar negociaciones de paz. La casi certeza de una nueva invasión por parte sultán benimerí, que afectaría a castellanos y granadinos, hizo que Sancho IV aceptase la oferta del nazarí.

En marzo, Sancho IV se informó del tratado de Tarascón entre Francia, la Santa Sede y Aragón. En él se obligaba a Aragón a tener buena amistad o, al menos, treguas con Castilla. Por ello, Alfonso III envió a Sancho IV embajadores para cumplimentar el tratado, pero éste se negó de momento a realizar pactos con su enemigo aragonés.

En junio, casi al mismo tiempo que Sancho IV firmaba, ante un embajador granadino, el pacto de paz y defensa con el reino nazarí, las tropas del sultán benimerí Abú Yaqub cruzaban el Estrecho y asolaban la comarca de Jerez. Sancho IV dio las órdenes oportunas para enfrentar el problema, Pero estos no dejaban de surgir. Estando en Palencia, el rey recibió noticias de los graves disturbios que se estaban produciendo en muchas ciudades de Galicia. Aunque las luchas entre los concejos y los prelados por el dominio de las ciudades gallegas venían de antiguo, en esta ocasión estaban implicados en ellas Juan Núñez de Lara y Juan Alfonso de Alburquerque, adelantado mayor en Galicia, amigo del obispo de Lugo. En esta ciudad y en Orense fueron donde se produjeron los mayores enfrentamientos. A finales de julio Sancho IV llegó a Galicia y destituyó al de Alburquerque, aunque más tarde le perdonó su proceder. En Orense, consiguió la paz entre los contendientes y una tregua por diez años, pero tras la marcha del rey se produjo un gran motín con numerosos asesinatos. El rey administró justicia y volvió a Valladolid cuando se restableció la paz. Allí, para atraerse nuevamente a Juan Núñez de Lara, concertó el matrimonio de su hijo, el pequeño Alfonso, con la hija del de Lara, la niña Juana, pero el matrimonio no se pudo realizar por el fallecimiento del infante. Para compensarlo, el rey le nombró mayordomo mayor. Pero los Lara no dejaron de crear problemas a Sancho IV. Esta vez fue Juan Núñez “el Mozo” el que pidió la libertad del infante Juan, prisionero en el castillo de Curiel desde la tragedia de Alfaro, con el compromiso de garantizar la fidelidad del reo. El rey, harto de conflictos o por complacer a los Lara, accedió en agosto a la excarcelación.

Mientras tanto, la guerra contra los benimerines por tierra era llevada por el adelantado Fernán Pérez Ponce y por mar por el prestigioso almirante genovés Benito Zacarías. En agosto, su flota derrotó ampliamente a la de los benimerines en el Estrecho, y como consecuencia, el sultán quedó incomunicado con sus plazas en la Península.

En septiembre, Sancho IV y María de Molina se dirigieron a la frontera de Portugal para ratificar las paces con Dionisio I; en el camino conocieron la noticia de que en junio había muerto Alfonso III de Aragón. Cuando llegaron a Ciudad Rodrigo, los dos reyes firmaron un tratado de paz y el compromiso matrimonial entre el heredero castellano Fernando, de seis años, y la infanta portuguesa Constanza, de veinte meses de edad. Con este tratado, con la alianza con Francia y con el cambio de política del nuevo rey de Aragón Jaime II, que había suspendido las hostilidades en la frontera con Castilla, Sancho IV se dedicó a consolidar la paz con Aragón. A pesar de que los benimerines habían conseguido pasar a la Península y cercar Vejer, Sancho IV no acudió con tropas a la frontera al considerar, seguramente, que las existentes en la zona serían capaces de defender la sitiada ciudad.

En noviembre, Sancho IV, en una asamblea celebrada en Medina del Campo, pidió y obtuvo de los estamentos de los reinos las ayudas necesarias para la guerra contra los benimerines. Después, marchó a la frontera aragonesa para reunirse con Jaime II. En Monteagudo firmaron un tratado de alianza, en el que se establecía, entre otros asuntos, que se ayudarían en caso de guerra con Francia y que no se liberaría a los tres hijos del príncipe de Salerno, presos en Aragón. También se acordaba la cooperación del aragonés en la guerra contra los benimerines. Para ratificarlo, se estableció el compromiso matrimonial del rey aragonés con Isabel, de ocho años de edad, hija de Sancho IV. Jaime II dio en arras a su prometida las ciudades de Huesca y Gerona, y las rentas y jurisdicción de Calatayud, Morella y Cervera. Sancho IV entregó como dote las rentas y derechos de Guadalajara, Hita y Aellón. Para mostrar su buena voluntad hacia Jaime II, Sancho IV entregó la carta plomada, hecha en tiempos de Alfonso X, de la cesión de Albarracín a la Corona de Aragón, sin considerar el posible conflicto con Juan Núñez de Lara.

En diciembre, los benimerines, como consecuencia de la escasez de víveres y de la entrada del invierno, levantaron el cerco de Vejer y se retiraron a Algeciras para regresar a África.

En enero de 1292, Sancho IV tuvo noticias de que Juan Núñez de Lara se había sublevado, posiblemente contrariado por los acuerdos de Monteagudo sobre Albarracín. El rey procuró atraerlo, pero al no conseguirlo recuperó las villas que le había cedido y mando conquistar Moya y Cañete. El señor de Lara tuvo que refugiarse en Francia. Poco después, seguramente en febrero, Sancho IV recibió a dos embajadores de Felipe IV que le comunicaron, entre otros asuntos, que el rey francés había enviado diplomáticos a la corte de Roma para procurar la dispensa papal del matrimonio real. A través de los mismos enviados, Sancho IV se excusó ante Felipe IV de haber pactado con Jaime II con el argumento de que así evitó que éste se aliara con los benimerines.

Antes de marzo, Sancho IV cedió a su hijo Enrique, de unos cuatro años de edad y mudo, el señorío de Vizcaya en detrimento de María Díaz de Haro, hija del difunto Lope Díaz de Haro.

En marzo, Sancho IV firmó pactos de amistad con embajadores del sultán de Tremecén (actual Argelia). Pactos muy provechosos para Castilla por ser aquel reino enemigo de los benimerines.

En abril, Sancho IV quiso afianzar su alianza con Francia mandando allí a sus mejores embajadores, entre los que se encontraba su médico, el maestre Nicolás. El asunto principal fue la confirmación de los pactos de Bayona en lo referente a Aragón, ya que estos mencionaban a Alfonso III y no a su sucesor Jaime II.

En mayo, Sancho IV llegó a Sevilla para ponerse al frente del ejército y marchar contra los benimerines. Allí le esperaba la reina, que dio a luz al infante Felipe a los pocos días. La ciudad era el lugar de concentración de tropas, embarcaciones castellanas y aragonesas y avituallamiento para ir a la guerra. En un principio el plan era cercar Algeciras, pero luego se dispuso que fuera Tarifa la acosada. En junio, las tropas cristianas apoyadas por las del reino nazarí atacaron la ciudad por tierra, y las flotas de Castilla y Aragón lo hicieron por mar. En septiembre, los cercados, que estaban escasos de alimentos, no pudieron resistir las acometidas cristianas y se rindieron. En octubre, después de negociar las capitulaciones, Sancho IV entró en la ciudad y puso una guarnición al mando de Rodrigo Pérez Ponce, maestre de Calatrava.

En diciembre, el infante Juan, que se había distinguido por su bravura en la campaña de Tarifa, volvió, por desconocidas razones, a manifestar su desafecto hacia Sancho IV. Y fingiendo temer un nuevo encarcelamiento, marchó a Portugal.

A finales del mismo mes, Muhammad II, por mediación de una embajada, pidió en Córdoba a Sancho IV la cesión de Tarifa a cambió de varios castillos y una gran cantidad de dinero. La negativa del castellano-leonés provocó que el nazarí enfriara su alianza con Castilla y se aproximara a los benimerines.

En enero de 1293, Sancho IV se reunió con Jaime II en Guadalajara. Ambos habían intercambiado abundante correspondencia en los meses anteriores, pero los asuntos que tenían que tratar necesitaban de una entrevista, sobre todo el concerniente a establecer la paz entre Jaime II y Felipe IV. Sancho IV, que hizo de intermediario, necesitaba el acuerdo porque tenía tratados de ayuda mutua con ambos monarcas que se contraponían entre ellos. Pero la condición para negociar que impuso Felipe IV, exigiendo el abandono de Sicilia por parte de Aragón, impidió el acuerdo y se pospusieron las negociaciones hasta una nueva entrevista en Logroño.

En febrero murió Isabel, heredera del señorío de Molina y esposa de Juan Núñez “el Mozo”. Inmediatamente, Sancho IV mandó un mensaje a Blanca, señora de Molina y hermanastra de la reina, pidiéndole que le nombrase heredero, ya que la difunta no tenía descendencia.

En el mismo mes, el infante Juan y Juan Núñez “el Mozo” se levantaron en armas contra Sancho IV, que respondió marchando contra ellos. Los rebeldes, que estaban en Treviño, huyeron hacia tierras de León temerosos del potente ejército que llevaba el rey. El infante Juan se refugió en Portugal con toda su familia, mientras que Juan Núñez resistió en Castrotorafe (Zamora), aunque por poco tiempo. A pesar de su victoria, Sancho IV entabló negociaciones de paz con los rebeldes a los que ofreció concederles elevadas rentas y la garantía de seguridad. A finales de marzo, el infante se presentó ante el rey para aceptar sus propuestas, y con ello se estableció la concordia entre los hermanos.

En mayo falleció la señora de Molina dejando como heredero a Sancho IV. Con ello, el señorío pasó definitivamente a Castilla, evitándose que, por enlaces matrimoniales futuros, pasase a dominios de Aragón. Antes de posesionarse del señorío, Sancho IV lo cedió a su esposa María de Molina.

En ese mismo mes, Sancho IV otorgó licencia para crear un estudio de escuelas generales (Studium Generale) en Alcalá, con los mismos privilegios que las de Valladolid. Dos siglos más tarde se convertiría en la Complutensis Universitas.

A principios de verano, los preparativos de benimerines y nazaríes para reconquistar Tarifa eran evidentes. Por ello, Sancho IV, previendo que la defensa de aquella plaza necesitaba de un valeroso caballero con experiencia, nombró en Burgos alcaide a Alonso Pérez de Guzmán, después de que éste, en julio, hubiera solicitado al rey su designación. Antes de salir de aquella ciudad para reunirse en Logroño con Jaime II y con Carlos II, príncipe de Salerno, para continuar con las negociaciones de paz, Sancho IV acogió a un reconciliado Juan Núñez de Lara, padre de “el Mozo”. Mientras tanto, el infante Juan, instigado por Juan Alfonso de Alburquerque, había vuelto a sublevarse contra el rey. Éste aceptó la petición del señor de Lara de ir contra el infante. Pero su actuación fue desafortunada, ya que fue hecho prisionero por los sublevados en tierras de Zamora.

Durante julio y agosto se celebraron las acordadas conversaciones de paz en Logroño que no llegaron a sustanciarse. Durante ellas, la difícil postura de equidistancia, aunque inclinada hacia Francia, de Sancho IV provocó la desconfianza de Jaime II y el deterioro de sus relaciones, a pesar de las manifestaciones externas de amistad. Por su parte, Jaime II ya había comenzado un acercamiento disimulado con el príncipe de Salerno.

En septiembre, Juan Núñez de Lara logró su libertad engañando al infante Juan. Lo convenció para que fueran juntos a Portugal donde conseguirían la protección de su rey Dionisio. Una vez libre en Portugal, el de Lara volvió a Castilla. Con el infante en Portugal y el señor de Alburquerque apresado en Galicia quedó, de momento, resulto el conflicto.

A finales de año, la reunión que tuvieron el nazarí Muhammed II con el meriní Abú Yaqub en Tánger, para tratar el reparto los territorios que conquistaran, indicó que la guerra estaba a punto de comenzar. Para hacer frente a ella, Sancho IV envió a Sevilla a Juan Mathe de Luna, camarero mayor, para reunir rentas, provisiones y fuerzas para resistir el embate de los musulmanes. También envió a la frontera con Granada a Juan Núñez de Lara y a sus hijos con un fuerte contingente de caballería. Además, para cerrar el paso a los benimerines, Sancho IV reforzó su flota con la de Jaime II, al que tuvo que pagar por utilizarla.

A principios de 1294, la política exterior de Sancho IV se encontraba en crisis: las relaciones con Jaime II se habían enfriado, aunque ninguno quiso romperlas; Felipe IV, aunque le ofrecía su amistad y se negociaba el matrimonio del heredero Fernando con su hija Blanca, le presionaba para atraerlo contra Inglaterra; y Dionisio de Portugal mostraba desconfianza y protegía al infante Juan, aunque finalmente lo expulsó a petición de Sancho IV. El infante se trasladó a África y se puso voluntariamente al servició de Abú Yaqub para luchar contra su hermano.

A finales de la primavera, los benimerines cruzaron el Estrecho y pusieron sitio a Tarifa. Mientras, los nazaríes realizaban correrías por la frontera con Murcia. Entre los sitiadores se encontraba el infante Juan. El rey, enfermo en Valladolid, no pudo personarse en la frontera y tuvo que limitarse a dar instrucciones para que los socorros llegasen lo antes posible a la cercada plaza. A primeros de julio, el rey recibió la noticia de la muerte de Juan Núñez de Lara.

En agosto, los benimerines, al no poder conseguir la plaza, ni por las armas ni por el soborno de su alcaide, decidieron aceptar la propuesta del infante Juan. Ésta consistió en amenazar a Alonso Pérez de Guzmán de dar muerte al menor de sus hijos, que le acompañaba, si aquél no rendía la plaza. Como Alonso de Guzmán se negó, el infante cumplió su amenaza y mandó degollar al menor. Por su sacrificio, el defensor de tarifa ha pasado a la Historia como Guzmán “el Bueno”. (El lanzamiento de una daga por parte del padre para que dieran muerte a su hijo, es una leyenda). La peste, la falta de avituallamientos y la inminente llegada de la flota aragonesa hicieron que los benimerines realizaran un último intento de rendir Tarifa. Se enfrentaron en campo abierto a las tropas cristianas y fueron derrotados. Como consecuencia, levantaron el asedio y volvieron a África. El infante Juan huyó a Granada.

En aquel verano Sancho IV recibió con agasajos y donación de tierras a su tío el infante Enrique que se había fugado de una prisión italiana de los Anjou, donde había permanecido veintiún años. El infante había tenido una ajetreada vida que lo llevó a levantarse contra su hermano Alfonso X, a exilarse y servir al emir de Túnez, a participar alternativamente en las luchas entre güelfos y gibelinos en Italia y a ser senador de Roma. Todo ello le dio un gran prestigio en la corte castellana.

En septiembre, debido al despojo a su familia del señorío de Vizcaya, se sublevó Diego López de Haro, cuñado de Sancho IV y hermano Lope Díaz de Haro, el de Alfaro. Sancho IV, a pesar de estar enfermo, salió contra él. La sublevación fracaso por falta de aliados, pero pudo acabar con la vida del rey al agravarse su enfermedad durante la breve campaña.

A finales de año, la reina ocultó a Sancho IV, para no agravar su enfermedad, las negociaciones entre Jaime II y Carlos II, príncipe de Salerno, para concertar la boda del aragonés con una hija del príncipe, anulando así su compromiso de matrimonio con Isabel de Castilla suscrito en 1291.

El veinticinco de abril de 1295, Sancho IV murió en el alcázar de Toledo víctima de la tuberculosis. Dejó como heredero a su hijo Fernando, de casi diez años de edad, y a la reina María de Molina como tutora.


Sucesos contemporáneos

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Reyes y gobernantes coetáneos

Aragón:

Reyes de la Corona de Aragón.

Pedro III "el Grande" (1276-1285).
Alfonso III "el Liberal" (1285-1291).
Jaime II "el Justo" (1291-1327).

Navarra:

Reyes de Navarra.

Juana I (1274-1305) y Felipe I "el Hermoso" (1284-1305).

Mallorca:

Rey de Mallorca.

Jaime II (1276-1311).

Condados catalanes
no integrados en la
Corona de Aragón:

Conde de Ampurias.

Ponce V (1277-1313).

Condes de Pallars-Sobirá.

Arnaldo Roger I (1256-1288).
Ramón Roger (1288-1294).
Sibila (1295-1297).

Al-Andalus:

 

 

Terceros reinos de taifas.

Régulo de la taifa de Menorca.

Abú Umar ben Abú Said ben Hakam (1281-1287).

------- Reino vasallo de Aragón desde 1231. En 1287 fue conquistado por Aragón.

Rey nazarí de Granada.

Muhammad II (1273-1302).

Portugal:

Rey de Portugal.

Dionisio I (1279-1325).

Francia:

Reyes de Francia.
(Dinastía Capeta).

Felipe III "el Atrevido" (1270-1285).
Felipe IV "el Hermoso" (1285-1314) Y I de Navarra (1284-1305)..

Alemania:

Reyes de Germania.
(Dinastía de Habsburgo).

Rodolfo I (1273-1291).

(Dinastía de Nassau-Weilburg).

Adolfo (1292-1298).

Emperadores del Sacro Imperio Romano Germánico.

------- Sin emperador.

Reyes de Romanos.

Rodolfo I (1273-1291).
Adolfo (1292-1298).

Italia:

Reyes de Italia (Norte).

Perteneciente al Sacro Imperio Romano Germánico.

Dux de la República de Venecia.

Giovanni Dandolo (1280-1289).
Pietro Gradenigo (1289-1311).

Estados Pontificios. (Papas).

Martín IV (1281-1285).
Honorio IV (1285-1287).
Nicolás IV (1288-1292).

------- Sede vacante desde 1292 a 1294.

Celestino V (1294).
Bonifacio VIII (1294-1303).

Rey de Sicilia. (Sicilia y Nápoles).
(Dinastía Angevina).

Carlos I de Anjou (1266-1285).

Reyes de Sicilia.
(Dinastía argonesa).

Jaime (1285-1296).
Federico II o Fadrique II (1296-1337).

Rey de Nápoles.
(Dinastía angevina).

Carlos II (1285-1309).

Britania:

Escocia:

Reyes de Escocia.

Alejandro III (1249-1286).
Margarita (1286-1290). Permaneció en Noruega y nunca estuvo en Escocia.

------- Interregno desde 1290 a 1292.

Juan I de Balliol (1292-1296).

Inglaterra:

Rey de Inglaterra.

Eduardo I (1272-1307).

División del
Imperio bizantino. (Bizancio):

Imperio Bizantino.
Emperador.
(Dinastía Paleóloga)

Andrónico II (1282-1328).

Imperio de Trebisonda.
Emperadores.

Juan II (1280-1284).
Teodora (1284-1285).
Juan II (1285-1297). 2ª vez.

Despotado de Épiro.
Déspotas.
(Dinastía Comneno)

Nicéforo I (1268-1289).
Tomás I (1289-1318).

Imperios y sultanatos musulmanes:

Califato árabe abbasí:

Califa abbasí. (Dentro del sultanato mameluco de El Cairo).

Al-Hakim I (1262-1302).

Sultanato benimerí o meriní:

Sultanes.

Abú Yusuf Yaqub (1269-1286).
Abú Yaqub Yusuf (1286-1306).

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